jueves, 14 de noviembre de 2013

Capítulo 11, primera parte

CAPÍTULO 11, PRIMERA PARTE
Emily empezó a caminar a paso rápido por los corredores, dando a entender que no quería estar cerca mía.
Pensé en la situación en la que me encontraba, estaba sola, no había nadie que me agarrara, podía intentarlo, podía escapar. Pero este pensamiento fue callado por esa vocecita que siempre conseguía echarme hacia atrás en todos mis planes.
" ¿Cómo narices piensas escaparte listilla? Estás en un edificio que desconoces." replicaba la voz" Además, por mucho que pudieras lograr escapar de Emily, algo que dudo, cualquiera de los otros podría alcanzarte".
Solté un suspiro y clavé la mirada en el suelo.
Aún no me hacía a la idea de que fuera a morir. Siempre esperé que mi muerte llegara de anciana, cuando toda mi vida hubiera estado hecha y adornada por un par de hermosos hijos que lloraran mi pérdida.
Una pequeña lágrima empezó a descender por mi mejilla. En cuanto me di cuenta me apresuré a secármela con la falda del vestido.
" Lena... ¿qué narices estás haciendo" me reprochaba la voz" Tienes que mantenerte fuerte, no dejes que te vean como alguien débil".
Aceleré el paso, colocándome al lado de Emily, quien formó una mueca de desaprovación en su rostro al verme.
-¿Para qué necesita vuestro jefe una pluma mía?- le pregunté, mientras me sujetaba las manos para disimular su temblor.
Esta vaciló durante unos segundos antes de responder.
-No es asunto tuyo.- respondió finalmente con frialdad.
Una media sonrisa se formó en mi rostro.
-Vamos, que no te lo ha dicho.- adiviné, alzando una ceja.
-El arcángel Miguel tendrá sus razones.- se apresuró a decir- Yo confío en él.
La forma en la que hablaba de ese tal Miguel me dio a entender que ella lo admiraba mucho.
Estuvimos unos minutos más en silencio. Solo el ruído de nuestras pisadas contra el suelo.
-Emily.- la llamé de nuevo.
Esta soltó un suspiro y giró la cabeza para mirarme.
-¿Qué quieres ahora?- dijo con brusquedad, mientras rodaba los ojos.
Decidí ignorar su último gesto y proseguir con normalidad.
-Simplemente me preguntaba, si los ángeles no pueden mentir, ¿cómo es que tú me mentiste durante tanto tiempo?
-Los ángeles no podemos mentir, pero, hay otras formas de hacerlo sin estar mintiendo realmente.- respondió esta.- Si uno se cree su propias mentiras de manera que las considera como algo verdadero, cuando las dices, realmente tu subconsciente lo considera como algo que es verdad. Es un truco que me enseñaron los demonios.
Un silencio volvió a aparecer entre nosotras. Deseé que aquel pasillo blanco no terminara nunca. Si algo tenía claro es que no quería volver con aquellos ángeles y demonios.
Me detuve de golpe, consiguiendo que Emily se parara también.
-Osea, consideráis una aberración que un ángel y un demonio se enamoren y tengan un hijo, pero en cambio, utilizar trucos de demonios y unirse a ellos es algo bueno.- dije, soltando al fin, todos los pensamientos que rondaban por mi cabeza.- Sinceramente, no os entiendo.
-Solamente nos hemos unido por esta vez para acabar contigo. En cuanto lo hayamos hecho, todo volverá a ser como antes. Seremos enemigos de nuevo.- replicó Emily.
-¿ De verdad creéis que todo volverá a ser como antes después del tiempo que habéis estado unidos? ¿Seréis capaces de luchar con aquellos a los que hace unos días considerábais vuestros compañeros? Pérmiteme dudarlo.
Observé como el rostro de Emily se volvía de un color rojo intenso.
-Mira, no estamos aquí para hablar de eso. Ponte el puto vestido y volvamos cuanto antes.- gruñó, mientras me señalaba uno de los vestuarios para que entrase.
Sonreí para mí misma. Había conseguido ponerla nerviosa, justo lo que quería.
Hay veces en las que las verdades pueden doler mucho más que una mentira.
-.-.-.-.-.-

Tardé apenas unos minutos en ponerme el vestido. Era largo con una falda adornada por voluminosos volantes. El apretado corsé hacía que mi pecho subiera, de manera que sobresalía un poco por el escote en forma de uve. El tener el pelo de un color rubio con reflejos dorados y la suave palidez de mi piel, contrastaba a la perfección con el rojo intenso del vestido. Sentía unas pequeñas rajas a la altura de los omóplatos, por donde debían salir las alas.
El camino de vuelta lo pasamos en silencio. Emily de vez en cuando me dirigía su habitual mirada fría, para comprobar que aún estaba ahí, que no me había escapado.
" Como si pudiera" pensé, mientras clavaba mi mirada en el suelo.
Sentía como la cabeza me daba vueltas. Por mucho que me costara admitirlo estaba asustada. Asustada de lo que esa panda de chiflados pudiera hacerme para conseguir que sacara mis alas.
Emily se paró en seco, y yo, que no la había visto, me choqué contra ella. Esta soltó una maldición, decidí ignorarla, normalmente me habría disculpado, pero tratándose de ella, no se merecía mis disculpas.
Me abrió la puerta y me hizo un gesto para que pasara yo primero, no sin antes lanzarme una mirada de odio.
En la sala se encontraban las mismas personas que antes. Los tres ángeles y los dos demonios.
Mi mirada se cruzó con la del ángel con pecas, quien se sonrojó y la apartó de inmediato.
El demonio me analizó de arriba a abajo con descaro mientras una sonrisa se formaba en su rostro, mostrando los dientes como un felino antes de atacar a su presa.
Visualicé una silla de madera en el centro de la sala. Había cuerdas colgando de ella en los reposabrazos y en las patas. Probablemente me atarían en ella.
El otro ángel de pelo rizado que había dicho ser el hijo de ese tal Miguel se aproximó a mí y me agarró la muñeca, guiándome hacia la silla.
-No face falta que me agarréis. Puedo ir yo solita.- dije, guiñándole un ojo al ángel con picardía.
Este se quedó estupefacto y, dejó caer la mano, dejándome libre. El demonio apartó al ángel de un empujón mientras me agarraba del brazo con menos sutileza que el anterior.
-Esta es una de las razones por las que los ángeles no podéis hacer esto sin nosotros.- comentó el demonio, mientras me ataba las manos y las piernas a la silla- Os dejáis llevar por una cara bonita.
Formé una sonrisa divertida en mi rostro.
-¿No te fías de mí?- le pregunté en tono burlón.
Este me devolvió la sonrisa y tras unos segundos en silencio contestó.
-Sabes que no, preciosa.-
Tras haberme atado a la silla se arrodilló en frente mía, clavando sus ojos marrones en mí.
-Bien... Empezaré por las buenas. Yo de ti lo hacía ahora, antes que tener que soportar toda la tortura.- prosiguió él- Saca tus alas.-ordenó.
Le sostení la mirada con indiferencia. No contesté al instante, si no que me quedé unos segundos callada, para que pensaran que estaba recapacitando la idea de hacer lo que ellos me pedían a la primera.
Pobres ingenuos...
-No.- respondí firmemente.
Entonces el demonio se levantó de su sitio, arremangándose la camiseta.
-Bien, tú lo has querido.-
En cuanto su mirada se posó en mí sentí como si numerosos clavos se me clavaran en la cabeza. Me agarré con fuerza a los reposabrazos de la silla, mientras me mordía la lengua para no gritar.
Conforme más tiempo pasaba más insoportable se hacía el dolor. La cabeza me acabaría estallando.
Entonces, sentí como algo descendía por mi cuello, giré la cabeza.
Sangre.
-¿¡Qué coño me estás haciendo?!- grité, mordiéndome la lengua con tal fuerza, que empezó a sangrar.
De repente todo el dolor cesó. La leve tensión a la que habían estado sometidos mis músculos disminuyó. No pude evitar soltar un suspiro de alivio. La sangre que descendía por mi cuello empezaba a secarse.
- Te daré otra oportunidad.- dijo el demonio, mientras caminaba a mi alrededor con despreocupación- Abre tus alas ya y te ahorrarás todo esto.
Me erguí en mi asiento con orgullo.
-No.- respondí de nuevo.
Entonces el dolor volvió, y ahora no solo en la cabeza, si no por todo el cuerpo. Esta vez no pude eviarlo. Un pequeño grito de dolor escapó por mi boca.
Sentía como cada una de las venas de mi cuerpo palpitaban. Sangre descendía por pequeñas aberturas en mis brazos, piernas y cuello. Mis manos se agarraban cada vez con más fuerza al reposabrazos. Alcé la mirada hacia el demonio, quien seguía clavando sus ojos en mí sin compasión. Pequeñas lágrimas empezaron a descender por mis mejillas, provocando que me pusiera furiosa conmigo misma. Me prometí que me mantendría fuerte, y en cambio ahora me estaba mostrando como alguien débil.
Pero, por mucho que mi cabeza me dijera que dejara de llorar, no podía. Aquella situación era superior a mí.
El dolor cesó de nuevo.
El demonio se arrodilló y limpió mis lágrimas con su dedo gordo, dejando una caricia en mi mejilla.
-Ya has visto lo que soy capaz de hacer.- susurró, cerca de mi oído.
Hice ademán de apartarlo de mí, pero entonces recordé que mis manos estaban atadas al reposabrazos.
Giré la cabeza. El acelerado latido de mi corazón me retumbaba en los oídos. Sentía mi respiración entrecortada.
-Podrías ahorrarte todo este dolor.- susurró con voz persuasiva en mi oído.- Todo.
Con los ojos llorosos, sangre seca que se me pegaba a mi cabello rubio y los dientes apretados, alcé la mirada y encaré al demonio.
-No.- respondí, con la voz temblorosa.
Este soltó gruñido y se apartó de mi bruscamente.
-Vas a ver lo que es sufrir pedazo de zorra.- escupió, mientras clavaba sus ojos en mí de nuevo.
Y entonces grité. Grité como nunca antes había gritado. El dolor anterior no era nada comparado con este.
Las lágrimas descendían aceleradamente por mi mejillas.
Empecé a sacudirme, haciendo fuerza para intentar soltarme del agarre de las cuerdas. Pero nada de lo que hiciera parecía calmar el dolor que me recorría todo el cuerpo y eso hacía que gritara de nuevo.
El ángel de pecas que había permanecido durante toda mi tortura en el marco de la puerta corrió hacia el demonio.
-¡Para ya!- gritaba, mientras lo sacudía- ¡La vas a matar!
El demonio se zafó del ángel golpeándolo con el brazo. En cuanto desvió su mirada de mí el dolor empezó a desaparecer poco a poco.
La demonia posó su mano en el hombro del demonio.
-Por mucho que me pese, Aahron, el pecas tiene razón, recuerda que la necesitamos viva.- dijo Jenn, intentando tranquilizar al demonio.
Este se llevó las manos a la cabeza, con el rostro rojo de ira.
-¡No funciona! ¡Nada funciona!- rugía el demonio.
-Tiene que haber una manera.- murmuró el ángel de pelo rizado- Simplemente...
-¡Cierra la puta boca!- le interrumpió el demonio mientras lo señalaba con el dedo acusadoramente.- Te gusta hablar y presumir de ser el hijo de quien eres, pero a la hora de actuar eres un cobarde. ¡Un puto cobarde!- escupió, dejando al ángel estupefacto.
Seguidamente empezaron a discutir, pero yo apenas les hacía caso. Las voces retumbaban contra mis oídos mientras sentía el acelerado latido de mi corazón más de lo normal.
La sangre descendía por mis brazos como pequeños riachuelos sin fin. Y, lo mejor de todo, es que nada de esto me importaba. Tan solo quería morirme y acabar con esa tortura de una vez por todas. Apostaba a que el mundo de los muertos me trataría mucho mejor de lo que lo había hecho este.
Empezaron a pesarme los ojos, intenté mantenerme despierta, pero fue entonces cuando la oscuridad se adueñó de todo el lugar, y no pude hacer nada para volver.
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Aquella constante oscuridad empezó a tomar forma, transformándose en una habitación que me resultaba muy familiar. Lo primero que mis ojos captaron fue al chico de pelo castaño y hermosa mirada de ojos azules. Erick.
Parecía nervioso, andaba de un lado a otro de la habitación, llevándose las manos a la cabeza con desesperación.
-¿Seguro que no la has visto?- preguntó al chico de mirada amarillenta.
James se hallaba apoyado en la pared de brazos cruzados. Había algo diferente en él. Estaba tenso, algo para nada habitual en su actitud despreocupada.
-Ya me lo has preguntado más de cinco veces.- respondió el chico rodando los ojos- Y la respuesta sigue siendo la misma que hace un minuto. Ya te he dicho todo lo que sabía, la última vez que la vi fue hace dos días.
Erick frunció el ceño, mientras murmuraba cosas para sí mismo.
-Menuda bronca nos va a caer...-comentó el demonio- Nuestra única misión era procurar que no le pasara nada y la hemos cagado. Los de la A.P.U nos van a matar.
Erick se giró de golpe, fulminando a James con su mirada de ojos azules.
-¿¡La A.P.U?! ¡La A.P.U puede irse a la mierda!- explotó el ángel- Alguien se ha llevado a Lena. Podrían estar... Torturandola o... Obligándole ha hacer algo que ella no quiere o... Incluso podrían estar matándola ahora mismo... Y todo por mi culpa... Debería haber estado con ella, yo...
James le interrumpió antes de que pudiera continuar.
-¡Te quieres callar de una puñetera vez! Lamentándote como una nenaza no vas a conseguir nada. Tenemos que actuar.
-¿Y cómo piensas ''actuar'' listillo? Oh, ¡ya sé! Preguntemos a la primera persona que pase por Lena, seguro que sabe donde está. La rescataremos y viviremos felices para siempre.- ironizó el moreno, rodando los ojos.
Quería gritarles que estaba allí mismo, junto a ellos. Pero por muchos esfuerzos que hacía, las palabras no salían por mi boca.
Entonces, justo cuando James y Erick salieron discutiendo por la puerta, la escena cambio.
Aquella oscuridad volvió, y empezó a tomar forma de gran salón de paredes rojas adornado por una enorme lámpara de araña.
Sentado en un sofá color café se encontraba un hombre de mediana edad, cruzado de brazos y mirando con severidad a dos apuestos jóvenes que conocía de sobra. James y Erick.
-¿Tenéis idea de que en una misión tan simple como proteger a la chica habéis fracasado?- les preguntaba el hombre, mirándolos con dureza.
Ambos jóvenes asintieron con la cabeza cabizbajos. Incluso James, que solía mostrarse más rebelde en estas situaciones, no se atrevía a cuestionar las palabras del hombre.
-Señor... Tiene... Tiene que haber alguna manera para encontrarla.- murmuró Erick con nerviosismo- Usted tiene contactos en zonas enemigas, podría enviarles un mensaje para que investigaran por si Lena estuviera allí.
El hombre se quedó unos segundos en silencio, moviendo su copa de vino, de manera que el líquido subía y bajaba.
-¿Tienes idea de dónde podría tenerla tu padre?- preguntó dirigiéndose a Erick- Tú eres la persona más cercana a Miguel que conocemos y...
El jóven de ojos azules le interrumpió antes de que pudiera contestar. Advertí en que su rostro se ensombreció en cuanto el hombre mencionó a su padre.

- Ese hombre no es mi padre.- respondió con sequedad- Dejó de serlo hace mucho tiempo.

martes, 29 de octubre de 2013

Capítulo 10, segunda parte

CAPÍTULO 10, SEGUNDA PARTE
Emily y yo llegamos a la puerta de la academia. En cuanto mis pies pisaron la fría nieve, un leve escalofrío me recorrió por todo el cuerpo. El viento soplaba con fuerza y el intenso frío adueñaba todo el lugar, me subí el cuello de mi capa, mientras soltaba un pequeño estornudo.
Miré a Emily, quien tenía la nariz colorada, esta me hizo una señal con la cabeza para que la siguiera.
Juntas, nos internamos en el bosque que marcaba los límites de la academia.
Todo estaba sumido en una gran oscuridad, caminábamos prácticamente a ciegas, bajo la luz de la luna llena, que nos servía para guiarnos más o menos por allí.
De repente, un murciélago se avalanzó sobre nosotras, por suerte lo esquivé con una rapidez que no conocía poseer. Mi corazón latía con fuerza, aquel lugar me daba mala espina. Quizás fuera porque las pocas veces que había estado en el bosque había pasado algo malo.
Entonces carraspeé, de manera que Emily se giró para mirarme. Advertí en que sus pequeños ojos azules estaban más claros de lo normal.
-¿Recuerdas dónde lo perdiste? ¿Estás segura de que es por aquí?- pregunté, con impaciencia. Deseaba salir de aquel lugar en cuanto antes.
-¿Perder el qué?- preguntó ella extrañada.
Alcé una ceja- Pues el brazalete, ¿qué va a ser si no?- dije, soltando un suspiro.
Emily desvió la mirada al suelo y, tras unos segundos en silencio carraspeó.
-Ah sí, el brazalete.- dijo, sin apartar la mirada del suelo.- Queda poco. Tenemos que seguir recto.
Abrí los ojos como platos al oir su respuesta.
-¿Más para alante aún?- exclamé- Emily, si seguimos más saldremos de los terrenos de la academia.
Esta alzó la mirada y puso morritos.
-Por favor.- me suplicó- Ya que hemos llegado hasta aquí, que menos que recuperarlo, ¿no?
Tras unos instantes pensándomelo decidí asentir con la cabeza.
-Está bien.- bufé- Pero vayamos más rápido, este sitio no me gusta nada.
Emily me dedicó una pequeña sonrisa de agradecimiento y se giró, para continuar nuestro camino.
Conforme avanzábamos por el bosque la vegetación iba cambiando. Ahora, en vez de encontrar los característicos pinos que crecían en los recintos de la academia se alzaban imponentes robles, de troncos duros y gruesos. Además, flores exóticas adornaban algunos de los matorrales, estas emitían una hermosa luz a causa del reflejo de la luna en ellas.
Finalmente, Emily se paró frente a un enorme árbol que destacaba del resto debido a su altitud, que debía estar alrededor de los 20 metros.
Lo contemplé fascinada, era realmente extraño encontrar árboles de semejante altura en un bosque como ese, en el que la mayoría no pasaban de los 5 metros.
Me giré para preguntarle a Emily si habíamos llegado ya, pero esta no se encontraba por ninguna parte.
Mi corazón empezó a latir aceleradamente mientras examinaba todo el lugar, buscando signos de vida por parte de Emily, pero esta no aparecía.
Una sensación de pánico se adueñó de todo mi ser. Estaba sola en el bosque, no tenía ni idea de como regresar a la academia y, para colmo, mi amiga había desaparecido.
-Emil...- empecé a gritar su nombre, pero una mano me tapó la boca con fuerza antes de que pudiera continuar.
Abrí los ojos como platos y empecé a patalear, intentando soltarme del agarre de aquella persona que me sujetaba.
Entonces, oí el sonido de pasos en el suelo, y una figura emergió de las sombras. Emily.
Quería gritarle que huyera antes de que aquel hombre le cogiera a ella también, pero solo salieron sonidos inentendibles de mi boca.
-Buen trabajo Emm.- dijo una voz masculina a mis espaldas.
Esta le dedicó una sonrisa a la persona que me sujetaba.
De repente, una luz blanca cegadora envolvió a Emily por completo. Había pasado el suficiente tiempo con ángeles y demonios para saber de que se trataba. Emily, la que creía mi amiga, era un ángel. Las enormes alas blancas caían por su espalda con delicadeza, dándole un porte elegante.
Fue entonces cuando lo comprendí todo. El brazalete solo había sido una escusa para conseguir traerme a las afueras de la academia, donde James no podía detectar la presencia de Emily, de manera que esta podía extender las alas a sus anchas.
Me sentía furiosa conmigo misma, había caído en su trampa.
Empecé a patalear para librarme del agarre del hombre, si pensaban que les resultaría fácil atraparme la llevaban clara.
Este me agarraba con fuerza, sin apenas inmutarse ante mis pataleos. Entonces le mordí el dedo, provocando que apartara la mano rápidamente.
-Será zorra.- gruñó, mientras me atrapaba de nuevo antes de que pudiera escapar.
Sus dedos se clavaban con fuerza en mis hombros. Lo tenía cara a cara. Su voz grave hizo que me asombrara al ver su aspecto, era un chico jóven, tendría unos 3 o 4 años más que yo.
Entonces, una idea me vino a la mente, una idea que podría salvarme de esta.
Clavé mis ojos verdes en los marrones del chico, exáctamente como había hecho con en ángel Hartn.
-Vas a soltarme.- dije, adquiriendo ese tono persuasivo en mi voz.
El chico se quedó durante unos segundos en silencio, contemplándome. Seguidamente soltó una sonora carcajada, algo que me desconcertó. ¿Por qué no había funcionado?
El jóven se aproximó a mí, y posó sus labios en mi oído. Intenté alejarlo de mí, pero este tenía demasiada fuerza, de manera que no conseguí alejarlo.
-Los trucos de demonios no funcionan con demonios.- susurró, provocando que un escalofrío me recorriera todo el cuerpo- Acuérdate para la próxima vez.
El alma se me cayó a los pies al oír aquello. Mi única posibilidad de escapar descartada.
Alguien carraspeó a nuestras espaldas, de manera que el demonio se giró, agarrándome la muñeca con fuerza.
-Deja de jugar con la chica, tenemos que partir ya.- dijo Emily, con una voz fría para nada propia de la chica que había conocido.
-¿A dónde narices me lleváis?- pregunté con brusquedad.
El jóven volvió a taparme la boca con su mano.
-Haces demasiadas preguntas.- susurró cerca de mi oído.- Ah, y como vuelvas a morderme pedazo de zorra, juro por Lucifer que me las pagarás.
Entonces, algo suave me acarició el brazo derecho, provocándome un leve cosquilleo en la piel. Giré la cabeza en dirección de mi brazo, y me encontré con unas plumas negras. Alcé la mirada hacia arriba y pude comprobar, como unas enormes alas negras salían de la espalda del demonio, que seguía sujetándome.
Sin previo aviso, el jóven me cargó en su hombro, con una rapidez inhumana, de manera que no me dió tiempo a reaccionar.
-¿¡Pero qué te crees que estás haciendo?!- grité, mientras pataleaba como una loca.
El demonio giró la cabeza y me miró, sus ojos marrones relucían con una sombra oscura en ellos.
-Te avisé de que no me gustaban las preguntas.-
Su puño dirigiéndose a mi cara fue lo último que vi antes de quedarme inconsciente.

Sentía como enormes gotas de sudor descendían por mi cuello. Mi rostro estaba realmente dolorido. Me mantuve con los ojos cerrados, ya que tenía miedo de lo que me podía encontrar si los abría. Con los ojos cerrados aquello parecía una pesadilla, y, en cierto modo, deseé que lo fuera, aunque sabía que no era así.
Entonces, empecé a oír suaves murmullos por toda la sala.
-Es hermosa.- decía una voz masculina desconocida.
-No te dejes engañar por su aspecto.- replicó otra voz. Esta si que la conocía, era Emily.- Recuerda lo que es. Si estamos en este bando es para acabar con ella. Si te vas a poner a babear cada vez que la veas te recomiendo que te vayas.
-Podríamos desnudarla ahora que está dormida.- decía otra voz. Me parecía que era la del demonio que me había pegado el puñetazo.- No se enterará, aparte, creo que merezco disfrutar un poco, arriesgué mi hermoso dedo, el cual me mordió, para ayudar a secuestrarla.
-Mira, me importa una mierda que quieras satisfaccer tus necesidades varoniles, ahora mismo necesitamos conseguir su pluma, cuando la tengamos, haz lo que quieras con ella, como si te la quieres follar aquí mismo.- respondió una voz femenina que también desconocía.
Fue en ese momento cuando decidí que ya era hora de despertarme. Abrí los ojos lentamente, hasta que estos se acostumbraron a la blanca luz de la habitación, que se me hizo, en cierto modo, bastante molesta.
-La bella durmiente acaba de despetar.- anunció en tono burlón, el demonio de ojos marrones.
Decidí ignorar completamente su comentario y le di un rápido vistazo a la sala.
Esta era totalmente blanca y tan solo se encontraba un mueble en toda la habitación, la cama en la que estaba tendida.
Sentía la mirada de todos los presentes clavada en mí. Emily, quien me miraba con frialdad e indiferencia, el demonio de ojos marrones, que sonreía con superioridad y un chico y una chica a los que desconocía. La chica me contemplaba con odio, mientras que el chico se limitaba a apoyarse en el marco de la puerta y echarme una mirada de vez en cuando, un ligero rubor se formó en el rostro de este último cuando nuestras miradas se cruzaron.
-Le molesta la luz angélica.- gruñó la chica a la que desconocía- Una actitud propia de los nuestros.
Entonces una persona más entró en la sala. Un apuesto joven, de pelo rizado y castaño. Tenía una complexión musculosa. Sus ojos violetas me analizaban con atención.
-No lo parece, ¿verdad? A simple vista tiene aspecto de ángel.- observó este último.
El demonio que me había pegado el puñetazo se giró para mirar al joven que acababa de entrar.
-Yo no lo veo así.- replicó- La chica tiene una forma de mirar electrizante. No transmite dulzura, como lo es en el caso de los ángeles. De todas maneras, Henry, ¿qué narices haces aquí? Que yo sepa esta misión era nuestra.
La manera hostil en que el demonio le hablaba al joven me dio a entender que ambos no se llevaban demasiado bien.
-Por lo visto mi padre no se fía de que una panda de idiotas cumpla la misión. Por lo que me ha mandado a que os supervise.- respondió este, lanzándole una mirada de superioridad al demonio.
-¡No necesitamos ningun supervisor!- protestó la chica.
-Si mi padre, que, os recuerdo que es quien dirige todo esto, cree que necesitáis un supervisor, lo necesitáis y punto.- dijo el chico firmemente, apartándose un rizo de la cara.
-Y yo te recuerdo, que tu padre no es el único que dirige esto. También está Aamón.- contestó la chica, apretando los puños- Los angelitos siempre os creéis superiores al resto- farfulló.
Finalmente decidí hablar. Esta discusión sobre quien mandaba más me importaba un comino, lo único que sabía es que estaban unidos porque querían matarme y poco más.
-No entiendo porque no me habéis matado ya.- dije, haciendo que todas las miradas de la sala se posaran en mí de nuevo- ¿Qué narices queréis de mí?
El demonio carraspeó. Haciendo que todos nos giráramos hacia él.
-Necesitamos una pluma de tus alas. Puedes sacar tus alas ya y dejarnos coger la pluma sin oponer resistencia. De manera que luego te mataremos sin provocarte ningún dolor. O, puedes resistirte a sacarlas, y hacer que te torturemos hasta que las saques y luego matarte con más tortura.- el demonio me miró, sus ojos marrones relucieron durante un instante- Tú eliges mestiza.
Le devolví la mirada indiferente. Como si aquella situación me importara lo más mínimo, a pesar de que fuera mentira.
-No he sacado mis alas aún. Y aunque supiera como hacerlo, tampoco lo haría.- contesté cruzándome de brazos.
-Mmm... Con ese vestido las alas no podrán salir.- dijo el demonio, ignorando por completo mi comentario.- Jenn, tráele el vestido con los dos espacios para alas en la espalda.- le ordenó a la chica.
Esta se levantó de mala gana gruñiendo que no era la chacha de nadie.
No tardó demasiado en venir. Dejó un largo vestido de tela roja en el borde de la cama.
-Emily te acompañará a los vestuarios para que te lo pongas.- dijo Henry, quien no quitaba los ojos de mí.
-No me lo pienso poner.- murmuré.
-¿Qué has dicho?- preguntó Henry, a pesar de que lo había oído perfectamente.
-He dicho, que no me lo voy a poner.- dije, alzando la voz firmemente.
El demonio me miró alzando una ceja con aparente diversión. Entonces se levantó de su silla y se aproximó a mí, situando su rostro a escasos centímetros del mío.
-Como no te lo pongas tú, te lo pondré yo, y no creo que eso vaya ha hacerte mucha gracia.- susurró.

Solté un gruñido y lo aparté de mí, mientras me levantaba de la cama.

viernes, 18 de octubre de 2013

capítulo 10, primera parte

CAPÍTULO 10, PRIMERA PARTE
Me aferré a las sábanas con fuerza mientras me recostaba en la cama. Solté un pequeño bostezo, provocando que mis ojos empezaran a abrirse lentamente. Parpadeé un par de veces hasta abrirlos por completo.
La primera imagen que mis ojos captaron fue la de un enorme cuadro, el cual representaba a una criatura con características propias de un ángel y un demonio. Fruncí el ceño extrañada, ¿desde cuándo yo tenía un cuadro así en mi habitación? Me pellizqué el brazo derecho, asegurándome de que no era un sueño.
Decidí sentarme en la cama, tapándome aún con las sábanas y eché un rápido vistazo a la habitación. Estaba pulcramente ordenada y repleta de cuadros y bocetos sin terminar. Olfateé durante unos segundos, de manera que un agradable olor a lavanda entró por mis fosas nasales. Tenía claro a que persona pertenecía aquella habitación, pero lo que más me inquietaba es que no tenía ni idea de que narices hacía yo allí.
Entonces el manillar de la puerta empezó a girar, hasta que esta se abrió del todo. El jóven de ojos azules entró a la habitación. Llevaba la camisa blanca del uniforme de la escuela sin la corbata, con los dos primeros botones desabrochados, lo que le daba un aspecto informal y elegante al mismo tiempo. Su cabello castaño relucía, lo que hacía que me entraran unas terribles ganas de acariciarlo.
Erick al verme sonrió, mostrando su blanca dentadura.
-Veo que ya estás despierta.- dijo, mientras se sentaba en el borde de la cama.
Advertí en que llevaba una bolsa en la mano, este, al ver que la miraba me la tendió.
-No ibas a llegar al desayuno, a si que te guardé algo para que no te murieras de hambre.- explicó.
Le sonreí agradecida, mientras abría la bolsa para ver lo que había traído. La sonrisa en mi rostro se ensanchó al ver su contenido, bizcocho de chocolate y pastas.
-¡Amo el chocolate!- exclamé en tono infantil, provocando que Erick soltara una pequeña carcajada.
Entonces alzó su mano derecha y retiró un mechón de pelo que caía en mi rostro para esconderlo tras mi oreja. Al retirar la mano dejó una leve caricia en mi pelo, provocando que un escalofrío recorriera todo mi cuerpo.
Me perdí por unos instantes en sus hermosos ojos azules, los cuales me observaban con dulzura. Sentía como mi corazón latía aceleradamente. ¿Qué me estaba pasando?
Finalmente él carraspeó, mientras retiraba la mirada.
-Entonces, ¿te gusta lo que te he traído?- preguntó.
Asentí con la cabeza.
-Sí, muchas gracias, enserio.- dije, dedicándole una tímida sonrisa.- Erick.- este se giró en cuanto pronuncié su nombre- No quiero parecer grosera pero, ¿por qué estoy en tu habitación?
-¿Recuerdas ayer cuando fuimos a darle la pócima a Naomi?- asentí con la cabeza, de manera que él prosiguió con su explicación- Pues bueno, insististe en quedarte hasta que despertara y, de tanto esperar te quedaste dormida en el sillón de visitas.
Bajé la mirada avergonzada, solo a mí se me ocurriría quedarme dormida en una enfermería.
-Y, como no despertabas, no iba a dejarte ahí durmiendo, así que decidí llevarte a mi habitación.- dijo, dedicándome una media sonrisa.
Me quedé embobada contemplando la forma de sus pómulos cuando sonreía. Sacudí la cabeza de manera que una idea me vino a la mente, ¿quería decir eso que había dormido en la misma cama que Erick toda la noche? Mis mejillas enrojecieron solo de pensar en el suave tacto de su cuerpo contra el mío y, aunque me costara admitirlo, una parte de mí estaba furiosa de no haber estado despierta para disfrutarlo.
-Sé lo que debes estar pensando y, no.- empezó a decir Erick- Dormí en el suelo. No quería que me vieras como uno de esos chicos que se aprovechan de las mujeres cuando no son conscientes. Yo no soy así, supongo que eso es algo más propio de James.- dijo mientras se encogía de hombros.
Solté un pequeño suspiro de alivio y pensé en lo mal que lo debía de haber pasado el pobre durmiendo en el suelo toda la noche. Posé una mano en su hombro, mientras le dedicaba una sonrisa.
-Muchas gracias por todo.- dije- Por cierto... ¿Te dolió?- pregunté tímidamente.
Este alzó una ceja divertido.
-¿El dormir en el suelo?- preguntó, de manera que yo asentí con la cabeza.- Tampoco fue para tanto, solo bichos gigantes de grandes dientes intentaron arrancarme los ojos para darle de comer a sus crías, por lo demás, fue una noche tranquila.- bromeó él.
-Sería una pena.- comenté.
-¿Una pena el qué?- preguntó él extrañado.
-Me gustan tus ojos.- respondí, encogiéndome de hombros.

Después de cambiar mi estropeado vestido por uno totalmente limpio y terminar mi desayuno, me dirigí hacia la enfermería para ver si Naomi ya había despertado. Erick, quien se había ofrecido enseguida a acompañarme, iba junto a mí.
Finalmente llegamos a una puerta. Erick la abrió, haciéndome un gesto para que pasara yo primero. Entré, esperando que él me siguiera, pero se quedó en la puerta.
-¿No vas a acompañarme dentro?- pregunté, sin poder evitar que mi voz adquiriera un tono de desilusión.
El negó con la cabeza, mientras alzaba la mano derecha y dejaba una corta caricia en mi mejilla.
-Es tu mejor amiga, supongo que tendréis muchas cosas de las que hablar.- dijo, encogiéndose de hombros.
Le dediqué una tímida sonrisa y, seguidamente, di media vuelta para internarme en la enfermería. Nada más entrar, oí una voz que se me hizo extrañamente familiar.
-¡Quiero salir de aquí! ¡Hablo enserio enfermera! Me encuentro perfectamente, ¿ve?- esa voz chillona proveniente de detrás de una de las cortinas provocó que una ancha sonrisa se formara en mi rostro.
-Señorita, lleva 12 días en coma, tiene que entender que no puedo dejarla salir así de repente.- decía con impaciencia la voz que debía ser de la enfemera.
-Anda Naomi, haz caso a la enfermera, es su trabajo, ella sabe lo que hace.- esta voz masculina también se me hizo conocida. Christian.
Fui corriendo hacia la cortina tras la que se encontraba mi mejor amiga, ignorando las protestas de una bajita enfermera, que me reñía por correr por la sala.
Descorrí la cortina de un tirón, encontrándome con Naomi sentada en el borde de la cama moviendo las piernas como loca, para demostrarle a la enfermera que se encontraba en perfecto estado. Mientras tanto, Christian estaba de pie, de brazos cruzados, repimiendo una carcajada al ver a su hermana.
Carraspeé, provocando que todos se giraran para mirarme. Naomi abrió los ojos como platos, mientras se levantaba de un salto de la cama y se avalanzaba hacia mí. Me abrazó fuertemente, provocando que casi me quedara sin respiración.
-¡Lena!- chillaba, mientras me apretaba con más fuerza.
Hice una mueca, me estaba dando justamente en el brazo por el que me habían agarrado los guardias el otro día.
-Naomi... Me... Estas aplastando...- dije con dificultad.
Esta al darse cuenta de la fuerza de su agarre me soltó mientras me dedicaba una radiante sonrisa.
-¿Y a mí no me abrazas?- preguntó Christian, poniendo morritos.
Le sonreí y rodeé mis brazos en su cuello, mientras él me atraía hacia su cuerpo cogiéndome por la cintura.
-No sé como lo has hecho... Pero estoy seguro de que has tenido algo que ver en que Naomi despertara, te estaré eternamente agradecido.- susurró cerca de mi oído, de manera que solo yo lo pude oír.
Seguidamente me soltó, guiñándome un ojo. Volvía a ser el Christian que conocí.
Naomi pasaba la mirada de su hermano hasta mí, alzando una ceja.
-¿Me he perdido algo?- preguntó.
La miré algo extrañada, no entendía a que se refería. Le dirigí una corta mirada a Christian de reojo, vi un suave rubor en sus mejillas.
-¿A qué te refieres?- le pregunté, frunciendo el ceño.
Esta hizo un gesto con las manos, quitándole importancia.
-En fin... ¿Nos vamos a comer? ¡Me muero de hambre!- dijo Naomi, mientras se levantaba de un salto de la cama.
Estábamos apunto de salir por la puerta cuando la enfermera que antes había estado atendiéndola se interpuso en nuestro camino.
-Usted se queda aquí señorita.- dijo con firmeza señalando a Naomi con el dedo.
Esta bufó, y volvió enfurruñada hasta su cama de la enfermería mientras murmuraba insultos contra la enfermera.
-¿Te apetece que vayamos nosotros a comer?- le pregunté a Christian.
Él asintió con la cabeza, mientras me dedicaba una pequeña sonrisa.

La comida con Christian estaba resultando realmente agradable. Estar con él hacia que me olvidara de mis problemas raros de ángeles y demonios y que me sintiera como una chica normal.
Acababa de terminar de comer cuando un brazo se posó en mi hombro, provocando que me girara. A mis espaldas se encontraba James, con su carácterística pose despreocupada y con toda la atención de las chicas puesta en él, ya que no le quitaban ojo de encima.
Miró a Christian son suficiencia mientras dejaba una suave caricia en mi largo cabello.
-¿Te importa que te la robe un momento?- preguntó guiñándole un ojo.
Me levanté de la silla antes de que Christian, quien miraba a James enarcando una ceja, contestara.
-Ahora luego vuelvo.- dije, dedicándole una pequeña sonrisa.
Este asintió con la cabeza, frunciendo ligeramente el ceño. Una persona normal se habría sentido culpable al dejarlo allí solo, pero no era mi caso. La culpabilidad era un sentimiento que nunca había sentido, probablemente fuera por mis genes demoniacos.
James andaba unos pasos delante mía, con las manos metidas en los bolsillos mientras silvaba con despreocupación. Salimos fuera de la academia, y se sentó en uno de los bancos que quedaban enfrente del lago.
-Es increíble.- comentó James, rompiendo el silencio.- Tienes al humano totalmente enamoradito de ti.
-¿De qué narices estas hablando?- gruñí, frunciendo el ceño.
-Del humano con el que comías.- explicó- Menuda cara puso cuando te levantaste para ir conmigo.- dijo, mientras reprimía una risa.
-¡Christian no está enamorado de mí!- protesté- Es solo mi amigo.
El demonio formó esa media sonrisa tan propia de él en su rostro. Se levantó del banco y avanzó unos pasos hacia mí. Le devolví la mirada indiferente. No le daría el placer de intimidarme tan fácilmente.
-¿Y él, Lena? ¿Sabe qué es solo tu amigo?- preguntó, alzando una ceja.
-Si es para esto para lo que me has llamado, me iré.- estallé, mientras desviaba la mirada para que no viera el rubor que empezaba a formarse en mis mejillas.- Tengo mejores cosas que hacer que perder mi tiempo hablando con un idiota.
Este me cogió del brazo antes de que me pudiera ir, provocando que me girara, quedando a escasos centímetros de él. Sus ojos amarillos me analizaban con atención, consiguiendo ponerme nerviosa.
-No es eso para lo que te he llamado.- susurró, arrastrando las palabras de una manera realmente sexy.
Avanzó un paso más hacia mí, haciendo que la distancia entre nosotros se volviera aún más corta. En cuanto me di cuenta me solté de su agarre, alejándome de él.
-Y bien... ¿Para qué me has llamado entonces?- pregunté, intentando ocultar mi nerviosismo.
-Simplemente quería hablar de lo que hiciste el otro día, cuando nos rescataste a Erick y a mí.- explicó, mientras adquiría una actitud seria demasiado extraña en él- Por lo visto no solo desarrollas poderes angélicos. Tu parte demoniaca está empezando a salir a la luz.
-Mira, si estás hablando de lo que le hice al ángel Hartn ese, prefiero que dejes el tema, solo pensar en que controlé la mente del hombre hace que me sienta culpable.- mentí, intentando que mi voz sonara lo más sincera posible.
La sonrisa en el rostro de James se ensanchó.
-Y encima mentirosa.- comentó en tono burlón, mientras se cruzaba de brazos- Puede que tus mentiras te funcionen con el angelito, pero yo soy un demonio. Miento tanto como tú, o incluso más, diría yo.
-¿Y bien? ¿Qué pretendes que te diga? ¿Qué disfruté controlando la mente de un pobre hombre? Pues mira, es la verdad. ¿Qué no me siento culpable de lo que hice? Totalmente cierto.- bufé, mientras alzaba la mirada.- ¿Contento?
El demonio asintió con la cabeza.
-Eso a lo que tú llamas controlar la mente, nosotros lo llamamos persuadir.- explicó James- Por lo que me han contado, tu madre era realmente buena persuadiendo a la gente, quizás lo hayas heredado de ella.
-Yo no soy buena persuadiendo a la gente y no he heredado nada de mi madre, ¿entendido?- gruñí, mientras daba media vuelta para volver a la academia.
-¿No me digas que aún sigues con el estúpido pensamiento de que los ángeles son los buenos y los demonios los malos?- gritó a mis espaldas- ¿Por qué te niegas en admitir que sangre de demonio fluye por tus venas?
-Porque... Porque...-balbuceé, intentando buscar una respuesta coherente.
Este posó una mano en mi hombro.
-Estoy asustada, ¿vale?- admití, manteniéndome de espaldas a él.- ¿Estás contento? ¿Es eso lo que querías oír?
Noté como sus manos jugueteaban con mi largo cabello. Entonces lo apartó hacia un lado, dejándolo todo sobre el lado izquierdo. Apoyó la cabeza mi hombro, provocando que una suave caricia recorriera mi cuello.
-Todo se arreglará.- susurró.
Me giré una última vez para mirarle a los ojos.
-Siempre decís lo mismo, pero yo sé que nada volverá a ser como antes. Tarde o temprano tengo la impresión de que tendré que irme de aquí, dejando de lado a personas importantes para mí.- dicho esto di media vuelta y me interné en la academia.
Esta vez James no me seguía.

Acababa de terminar de cenar. Fingí tener dolor de cabeza para poder irme a dormir. Me sentía desganada después de mi última conversación con James, al que llevaba evitando todo el día.
Mientras me dirigía de camino a mi habitación me topé con Emily. Quien formó una sonrisa en su adorable rostro en cuanto me vio.
-¡Lena! ¿Te has enterado? ¡Naomi ha despertado!- dijo con emoción.
Le devolví la sonrisa, de manera que quedó algo forzada.
-Sí, es genial...- murmuré desganada.
Tras unos segundos sumidas en un incómodo silencio Emily habló.
-Se me perdió un brazalete en el bosque. Es una reliquia familiar muy importante para mí.- empezó a decir la chica de ojos azules tímidamente- Me da algo de miedo ir sola a estas horas de la noche a recuperarlo. Pero sé que no podré dormir con tranquilidad si no lo llevo puesto. Seguramente no querrás... Pero, ¿te importaría acompañarme a recuperarlo? - me suplicó, poniendo morritos.- Por favor...
-Está bien.- accedí.
¿Cómo negarme a ayudar a Emily? Ella era una de las personas más adorables y tiernas que había conocido en mi vida, siempre me ayudaba cuando podía, por lo que era mi turno de ayudarle a ella.


sábado, 12 de octubre de 2013

Capítulo 9, segunda parte

CAPÍTULO 9, SEGUNDA PARTE
Analicé atentamente las palabras de mi interrogador. Había repetido exactamente lo que yo le había dicho que hiciera.
Una fugaz idea me vino a la mente.
"¿Y si he descubierto alguno de mis poderes raros? ¿Me ayudará a salir de aquí?" pensé, mientras analizaba mis posibilidades.
Finalmente, decidí comprobar si mi teoría era cierta. Me giré y clavé mi mirada en el hombre, quien seguía en pose relajada, con la boca entreabierta.
-Vas a llevarme a las mazmorras donde están mis amigos. Los sacarás de allí.- me sorprendí al darme cuenta de lo muy persuasiva que sonaba mi voz.
El hombre se quedó unos instantes inmóvil. Crucé los dedos y recé por que mi teoría fuera cierta.
Entonces, cuando empezaba a asimilar que no iba a salir de allí, mi interrogador se levantó e hizo aparecer una puerta en la blanca pared.
-Voy a llevarle a las mazmorras donde están sus amigos. Los sacaré de allí.- dijo, mientras me abría la puerta para que pasara yo primero.
Suspiré aliviada. Notaba como aquel poder despertaba algo oscuro en mi alma, pero tenía que admitirlo: me encantaba aquella sensación.
Esbocé una sonrisa y me interné en el oscuro corredor. El hombre había desplegado sus alas, de manera que la luz de estas me servían para guiarme por el pasillo.
Finalmente llegamos a las mazmorras. Corrí hacia la celda en la que se encontraban Erick y James. El demonio estaba tumbado en el suelo, con la cabeza apoyada en las manos mientras miraba hacia el techo y silbaba, en cambio Erick estaba sentado, apoyado en una de las esquinas de la celda. Él fue el primero en verme. Se levantó rápidamente del suelo y se aproximó lo máximo que los barrotes le permitieron. Por su expresión podía intuir que estaba preocupado.
El hombre que iba conmigo se aproximó a la celda. Rebuscó entre su cinturón hasta sacar un llavero de él. Escogió una de las llaves y la metió en el enorme candado de la celda, dejándola abierta.
Erick fue el primero en reaccionar, salió corriendo de la celda y fue hacia mí, envolviéndome en un reconfortable abrazo, algo que me pilló totalmente desprevenida. Sentía sus manos en mi espalda, su cabeza estaba apoyada en mi hombro, de manera que sus cabellos me cosquilleaban ligeramente la mejilla.
-Dios mío Lena, estaba tan preocupado.-murmuró, sus labios rozaban mi clavícula con cada una de sus palabras- Temía que te llevaran directamente con Miguel sin siquiera dejar que nos despidiéramos de ti.
Una pequeña lágrima descendió por mi mejilla. No entendía porque estaba llorando. No estaba herida, me encontraba en perfecto estado, pero aún así mis mejillas estaban húmedas.
Alcé mi mano derecha temblorosa y la hundí en los suaves cabellos castaños de Erick, acariciándolos. Había sido algo impulsivo, y no sabía como iba a reaccionar él al respecto, pero no había podido evitarlo, llevaba siglos queriendo hacerlo.
Entonces alguien carraspeó a nuestras espaldas, provocando que Erick y yo nos separáramos. Mis mejillas ardían, pero por suerte, estaba demasiado oscuro para que alguno de los dos lo notase.
-¿Cómo has conseguido sacarnos de aquí?- preguntó Erick, clavando sus ojos azules en mí.
Bajé la mirada al suelo tímidamente. Mi mente aún seguía recordando el tacto de sus manos en mi espalda y el ligero roce de sus labios contra mi clavícula.
Entonces giré mi mirada hacia James, quien formó una media sonrisa en su rostro.
-El hombre tiene pinta de no haber tenido sexo en toda su vida. Seguro que le hizo un trabajito para que nos dejaran salir de aquí.- dijo, mientras se dirigía hacia mi interrogador, quien apenas se había inmutado ante sus palabras.
-Eres un cerdo.- le espeté, fulminándolo con la mirada- ¿Es que siempre tiene que haber sexo por enmedio en todo?
El avanzó un paso hacia mí y formó una sonrisa divertida en su rostro, provocando que un pequeño hoyuelo apareciera en su mejilla derecha.
-En este tipo de situaciones sí.- respondió encogiéndose de hombros.
Rodé los ojos. Lo mejor que podía hacer era ignorarlo, seguirle el juego nos retrasaría más.
Giré la cabeza y me dirigí hacia el hombre, quien estaba mirando el techo ausente. Lo cogí de los hombros y lo zarandeé un par de veces, hasta que este bajó la mirada y clavó sus ojos blancos en los míos.
-Vas a crear una puerta para que podamos salir del refugio.- dije, volviendo a usar el mismo tono persuasivo.
Me paré a pensar durante unos instantes. Estaba controlando a mi antojo la mente de un pobre hombre que tuvo la mala suerte de interrogarme y, aún así, seguía sin poder sentirme culpable, incluso me gustaba esa sensación de poder que se formaba en mi pecho. ¿Qué me estaba pasando?
Entonces, la voz del hombre interrumpió mis pensamientos, haciendo que fijara mi antención en él.
-Voy a crear una puerta para que podáis salir del refugio.- repitió, mientras se dirigía hacia la puerta.
Me di la vuelta. Erick y James me miraban con la sorpresa pintada en sus caras.
-¿Nos vamos o pensáis quedaros con cara de gilipollas hasta que me maten?- les espeté bruscamente, provocando que estos reaccionaran y se situaran junto a mí.
Nos internamos en el oscuro corredor de nuevo. Entonces oí pasos a lo lejos, y murmullos que parecían pertenecer a dos personas.
-¿No lleva mucho tiempo Stan interrogando a la chica?- decía una de las voces.
Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Estaban cada vez más cerca de nosotros, nos descubrirían.
Miré hacia el suelo, mientras los Hartn pasaban por nuestro lado, intentando llamar la atención lo menos posible.
Entonces uno de ellos se giró y me miró alzando una ceja.
-¿Stan? ¿Qué narices hacen los prisioneros aquí?- preguntó uno de los hombres.
-Voy a crear una puerta para que puedan salir del refugio.- respondió este, quitándole importancia al asunto.
-¿ Pero qué...- no le dio tiempo a terminar la frase, ya que Erick le propinó un puñetazo en la barbilla, dejándolo inconsciente.
Lo miré impresionada. ¿Erick golpeando a otro ángel? Este, al sentir mi mirada clavada en él se giró y se encogió de hombros, dando a entender que no había tenido otra opción.
El otro Hartn se quedó paralizado, contemplando el cuerpo inconsciente de su compañero en el suelo. Cuando reaccionó para huir ya era demasiado tarde, ya que James le bloqueaba la salida, con una sonrisa maliciosa en su rostro.
-No tan rápido angelito.- dijo, mientras le propinaba un fuerte puñetazo en el estómago, provocando que el hombre se encogiera y cayera al suelo.
Iba a seguir golpeándolo cuando Erick lo agarró del brazo y lo miró con seriedad.
-Con dejarlo inconsciente basta.- dijo con firmeza.- Tenemos que salir de aquí. Probablemente manden refuerzos al darse cuenta de la ausencia de estos dos.
James le dirigió una última mirada al cuerpo inconsciente del hombre, como deseando poder golpearle de nuevo. Soltó un suspiro y se reunió con nosotros, cruzándose de brazos.
Entonces, una potente luz blanca empezó a envolver a Erick, dándome a entender que estaba desplegando sus alas.
Una vez las alas estendidas nos miró y le hizo un gesto con la cabeza a James, indicándole que él debía hacer lo mismo.
-Volando llegaremos más deprisa.- explicó Erick.
James asintió con la cabeza. Una oscuridad empezó a envolver su cuerpo. Lo miré con curiosidad, era la primera vez que iba a ver sus alas, aunque no lo admitiría en voz alta, tenía curiosidad por ver como eran.
Las recorrí con la mirada, fijándome en cada uno de sus detalles. Parecían un mar negro de plumas. Destacaban notablemente debido al pálido tono de su piel.
No podía apartar mis ojos de ellas. No eran hermosas como las de Erick, pero tenían un toque electrizante y embriagador que atraía mi mirada.
Entonces el ángel de ojos azules carraspeó, provocando que tanto el demonio como yo nos giráramos para mirarle.
-Yo me encargaré de los guardias que se nos crucen. Tú carga con ella- dijo Erick dirigiéndose a James.
Este asintió, mientras una sonrisa traviesa se formaba en su rostro.
-¿¡Me vas a dejar con él?!- protesté, señalando al demonio acusadoramente con el dedo- Tengo piernas, creo que puedo correr yo sola.
- Volando llegaremos antes, no tardarán en saber donde estamos.- justo cuando terminó la frase, una campana resonó por todo el corredor, provocando que me tapara los oídos ante el estridente ruído.- De hecho, ya nos han encontrado.- dijo Erick, mientras se alzaba en el aire.- ¡Vamos! ¡Rápido!
James avanzó hasta mí sonriendo con superioridad.
-Tú eliges preciosa, te cargo por las buenas o por las malas.- dijo, mientras alzaba una ceja esperando alguna reacción de mi parte.
Solté un bufido y me crucé de brazos. No me hacía ninguna gracia que ese idiota cargara conmigo, pero no había otra opción.
Este pasó un brazo por debajo de mis piernas y me alzó. Impulsivamente me agarré a su cuello mientras nos elevábamos en el aire, al darme cuenta de lo que estaba haciendo me solté mientras mis mejillas se volvían de un color rojo intenso.
Giré la cabeza para mirar a James, quien reprimía una carcajada.
-¿Y tú de qué te ríes idiota?- le pregunté con brusquedad.
-Simplemente pensaba en las miles de cosas que te podría hacer en esa posición.- comentó, mientras la sonrisa en su rostro se ensachaba.
Alcé una ceja mientras lo fulminaba con la mirada.
-Espero que sepas las cosas que te pueden pasar si lo intentas.- contesté.
Noté como una de las manos que me sujetaban se movían, con intención de llegar a mi trasero. Me puse rígida y lo miré.
-Ni se te ocurra.- dije firmemente.
Él acercó su rostro a mi cuello, estaba peligrosamente cerca.
-¿Qué me harás si lo hago?- preguntó con voz seductora, mientras rozaba con sus labios mi piel al hablar.
-Yo...- empecé a balbucear, entonces un cuchillo salió disparado por los aires.- ¡Cuidado!
James se giró bruscamente para esquivarlo, me agarré a su cuello y hundí la cabeza en su pecho. Sentía el rápido latido de su corazón bajo su camiseta.
Una vez nos estabilizamos de nuevo me despegué de él.
-¿Estás bien?- me preguntó. Sus ojos amarillos relucían en la oscuridad.
Asentí con la cabeza. Alcé la mirada al frente y pude ver a Erick, quien se deshacía de los guardias que venían contra nosotros, chorros de sangre descendían de su brazo derecho. "Lo curaré en cuanto lleguemos a la academia" me dije a mí misma.
Entonces, una potente luz se adueñó de todo el lugar. Aquella sala me sonaba de algo.
-Hemos llegado al lugar por el que entramos al refugio.- me explicó James, gotas de sudor bajaban por su frente.
Mi interrogador se paró en medio de la estancia y murmuró unas palabras.
Miré preocupada hacia el corredor oscuro del que acabábamos de salir. Si el hombre no se daba prisa, los Hartn nos alcanzarían. Ya estaban en la sala blanca. Me mordí el labio con fuerza. Cada vez estaban más y más cerca. Sentía los músculos de James extrañamente tensos.
Y entonces, justo cuando nos iban a alcanzar, una puerta dorada se materializó frente a nosotros. Erick fue corriendo y la abrió, para que pasáramos primero. Los gritos de los Hartn resonaron por toda la habitación y de pronto, todo el ruído cesó.
Me giré. La puerta dorada había desaparecido y volvíamos a estar en la escalera de caracol que nos había llevado hasta allí.
Erick se apoyaba en la pared, mientras se sujetaba el brazo herido. James me bajó al suelo y fui corriendo hacia él, para examinarle el brazo, el cual estaba repleto de sangre.
-Llevaban...Llevaban armas... Armas blancas...-jadeó este, mientras respiraba con dificultad.
Me acerqué a él y le aparté el pelo sudado de la cara, seguidamente le di la mano por el brazo bueno, dejando un suave apretón en ella.
-Vamos.- dije, mientras lo guiaba por la escalera de caracol.
Una vez estuvimos bajo, busqué con la mirada el portal por el cual, habíamos llegado hasta allí. Seguía en el mismo sitio en el que lo habíamos dejado, desprendiendo aquella extraña luz violeta.
-Lena.- me llamó Erick.
Me giré para mirarlo y este sacó un pequeño recipiente con un líquido azul de su bolsillo.
-La tengo.- dijo.

Formé una pequeña sonrisa en mi rostro, por lo menos todo este viaje no había sido para nada. Ella iba a despertar. Naomi.